sábado, 28 de diciembre de 2013

Puedo escribir cosas tiernas

Puedo escribir cosas tiernas
Carlos Eduardo Vásquez

Yo puedo escribir cosas tiernas, por ejemplo: “Déjame ser lluvia y caer como jarabe de rosas sobre tu cuerpo alerta. Dime que me amas al oído y que nuestra piel es un pegamento de líquidos corporales. Olvida las palabras que fingen la acción que me pides y déjame  abrirte como a la tierra fértil, el azadón de la labranza.”

Y puedo escribir con ternura, sí.  El problema, amada mía, es que tu amor de lejos produce en mí lo mismo que la brisa que acaricia la nostalgia. Y yo lo que quiero es poseerte en comprensión y en extensión, “orgasmarte” toda, hasta la locura, y luego, dejarte flotar sobre las sábanas, amada y satisfecha como una leona recién parida.

Yo puedo escribir cosas tiernas, querida, pero en la medida que las escribo, nos vamos reduciendo a las palabras. Ellas se tornan cada vez más cortas y más formales. Las palabras que antes surgían a borbotones entre tú y yo, hoy son apenas un hilo de angustia. Y las notas... esas pequeñas notas escritas al azar, ahora se diluyen en mis manos al ser leídas. Son alas invernales de gorrión y de allí surgen sólo voces escritas que van decapitando el frío latido de tus huesos.

Yo puedo escribir también cosas tiernas, pero es tiempo de huelgas y hasta las palabras escasean. Los noticieros reportan desabastecimiento de frases de amor por bloqueos en las vías… y yo, guerrero de un solo ojo, me siento frente a una hoja en blanco a reprocharte la escasez.   Y te pido que hagas cosas como: sumar las palabras de ayer y hoy, anotar su resultado, sacar el promedio por mensaje de los últimos siete días para luego restarle el número de palabras de los últimos dos al promedio acumulado.  ¿Qué te da más de más de noventa palabras? Entonces, tengo razón. ¿Acaso te dio menos de 10? En ese caso hay error de mi parte, y es justo compensarte con un ataque de besos depredadores.

Yo podría escribir también cosas tiernas, pero me gana la rareza y empiezo a escribir cosas  como: “Amor espermatocoito, amor orgasmitocito, amor desvirgante de almas, amor penetropasional y punzante, amor de sangre viva y de miembros inflamados, amor de lagos de lubrificante, amor apretalastetas y chupalapinga, amor de ululaciones y gritos desgargantadores en los naufragios de alcoba, amor africanojudío de piernas abiertas y entierros hasta la cerviz, amor malhablado y cochinocreativo, amor marino de concha roja y de glande inflamado, amor de nariz en el culo y de beso en los cojones…

Yo puedo escribir también cosas tiernas. Y puedo, incluso, cantarle al amor puro y virginal... al amor decente con sábanas de rendija. Rimeros románticos que suenen a amor, amorcito de flor desmargaritada, amor de galán con pijita y niñita estrecha. Amorcito de timideces y de faldas largas de seda. Amorcito de recatos y de perdición del alma. Amorcito de pompas de jabón y lluvia de verano sobre las hortensias. Amorcito de príncipe y de hada. Amorcito de fiambre y mantelito a cuadros, amorcito de corazones en los árboles y de cajitas sonoras…

Amor de señores... Amor de adultos... Amor de risa fuerte... Amor de… "A que te cojo ratón" y de… "A que no, gato ladrón". Amor de entregas y de charlas importantes. Amor de autores por mencionar y métodos del ritmo. Amor de amores, amor de mordidas, amor a escondidas, amor de peleas con abanico y palmada.

Pero amor, finalmente, le escribo al amor... que como las cosas importantes, siempre es indescriptible, inesperado, indescifrable, incomprensible e incontinente.

Y puedo escribir también cosas tiernas, cosas como: “Me mordí los labios para no llamarte”, aunque sepa que mastiqué mi boca por decir tu nombre. Ese maldito nombre tuyo que me sabe a pecado y a hoguera de la Inquisición.  Ten en cuenta, mi vida, que los cantadores del mundo mencionan en sus trovas palabras como: “Te arranqué del pecho para no sufrir.”, y yo, en cambio no logro olvidarme de tu cuerpo estrecho de pubescencias retorcidas.  Piensa que las novelas rosa terminan con un tarde de adiós que proyecta sus sombras sobre dos “Tequilas Sunrise”.  Y yo, me revuelco en el infierno de tu recuerdo y te digo estúpidamente adioses que nunca cumplo. Y mientras los cuentos infantiles se resuelven en un: “Se quisieron y fueron felices para siempre”, yo, en cambio, sé de cierto que nosotros nunca seremos felices y que jamás podremos querernos para siempre. Porque tú y yo somos exclamaciones de Bukowsky y no poemas de Becquer, aunque culminemos cada encuentro con una promesa absurda en la que ni tú ni yo creemos.
Somos absurdos caminantes contra el vendaval. Nuestras frentes son alfileteros de hielo en la lluvia. Nuestros cuerpos están  apuñalados por  la persistencia que nos agobia. Todo lo tenemos en contra: tu trabajo y mi esperanza, mi bragueta y tu corsé.

Yo puedo escribir también cosas tiernas porque, aunque tú eres las redondeces y yo soy las aristas, por alguna razón, cuando enfrentas tus curvas contra mis esquinas siempre coincidimos en un acople perfecto, y terminamos frenéticos en un estropicio de sábanas.   

La trocha selvática de tu cuerpo me llama con lágrimas de placer. Y yo, aventurero  impertinente, voy desbrozando el camino hasta el brocal petalado de tu sexo. Y tú, trajinada de besos, devuelves el eco de mi nombre cuando te magullo con mi lengua.

Las redondas líneas de tus nalgas, amada mía, son un aparejo de lectura en la convulsión de tus sentidos. Acampo dentro de ti y enciendo fogatas en tu piel de resortes antiguos y de rostros Kabuki.

Yo podría, mi amor, escribir cosas tiernas, pero me gana el vacío de tu ausencia y la derrota de un amor que nunca llegará a nada. Podría escribir cosas tiernas, pero es tarde, porque nos acostumbramos a despedazar  nuestros músculos y hemos obligado a nuestras bocas a desgarrar cada apéndice de nuestra geografía.

Así, así… como si fuéramos dos caníbales rotos.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

VASO DE AGUA

Amor carnal, intenso y profundo.
Desorden de los sentidos, banquete de lujuria sin mesura ni control. 
Donde reine un maremágnum de piernas,
labios, músculos, nervio y mucha piel.  
Posesión más allá de lo que las normas del recato aconsejan.  
Pegamento de fluidos corporales 
que una los cuerpos devergonzadamente 
abiertos y dispuestos.  
Escándalo de gritos y ululaciones orgásmicas incontrolables 
que se astillen contra las paredes. 
Acaso, tu vaso de agua, pueda beberse después del desmayo 
de tus huesos sobre mi cuerpo
después del regreso de una pequeña muerte entre murmuraciones satisfechas.